La palabra “colcrém” es un anglicismo derivado de cold cream, que significa literalmente «crema fría». Algo hay de frescor, en efecto, en el colcrén. Formulada con una gran cantidad de agua, que se evapora cuando la mezcla entra en contacto con la tibieza de la piel, este preparado comunica una leve sensación refrescante, y de ahí su nombre. El primer colcrén fue elaborado por Galeno, el célebre médico griego del siglo II que practicó su carrera en Roma. En el año 157 d.C., Galeno fue nombrado médico jefe de la escuela de gladiadores en Pérgamo, y llegó a cuidar a la familia imperial de Roma. Mientras preparaba medicamentos para combatir las graves infecciones y abscesos que afligían a los gladiadores, se dedicó a preparar también productos de belleza para las mujeres patricias. Tal como ha registrado su obra “Métodos médicos”, la fórmula para el colcrén exigía un parte de cera blanca derretida en tres partes de aceite de oliva, en el que se hubieran “triturado capullos de rosa y añadido tanta agua como pueda incorporarse a la masa”. Para sustituir las propiedades ablandadoras y limpiadoras del colcrén, Galeno recomendaba el aceite de la lana de las ovejas, o sea la lanolina, conocida entonces como despyum. Aunque muchos de los primeros productos de belleza contuvieran ingredientes tóxicos, el colcrén, a lo largo de su prolongada historia, se mantuvo como uno de los cosméticos más simples e inofensivos. En épocas más recientes, tres cremas comerciales merecen ser mencionadas por su pureza e inocuidad, así como por su atractivo para las mujeres de todos los niveles sociales. En el año 1911, un farmacéutico de Hamburgo, H. Beiersdorf, produjo una variante del colcrén que pretendía hidratar la piel y, al mismo tiempo, nutrida. Dio a su producto el nombre de Nivea, y pronto se convirtió en un éxito comercial, suplantando a una infinidad de cremas de belleza más densas hasta entonces utilizadas por las mujeres de todo el mundo. Este producto todavía se vende según su formulación original, apenas sin variaciones. La “Jergens Lotion” fue el invento de un ex leñador. A los veintiocho años de edad, Andrew Jergens, inmigrante holandés establecido en los Estados Unidos, buscaba una inversión para el dinero que había ahorrado trabajando como leñador. En el año 1880, constituyó una sociedad con un fabricante de jabones de Cincinnati, y su compañía empezó a fabricar un prestigioso jabón de tocador. Por su experiencia anterior como leñador, Jergens conocía los beneficios de una buena loción para las manos, y creó una que llevaba su propio nombre. No pudo haber encontrado mejor momento, puesto que las mujeres empezaban entonces a abandonar los productos de belleza caseros para adquirir los preparados que se vendían en el mercado. La loción Jergens rompió todas las barreras de clase y demostró ser tan útil en el tocador de una mansión victoriana como en el fregadero de la cocina en cualquier casa humilde. La tercera crema de precio moderado y ampliamente aceptada, la Noxzema, fue formulada por un director de escuela de Maryland convertido en farmacéutico.
