No es sorprendente que los aceites utilizados para conservar la humedad de la piel e impedir su desecación surgieran en los climas desérticos, calurosos y secos del Próximo Oriente. Más de dos mil años antes de que se inventara el jabón, estos hidratantes servían también para limpiar el cuerpo y eliminar impurezas, tal como el colcrén elimina el maquillaje.
Los aceites suavizantes de la piel se aromatizaban con incienso, mirra, tomillo y mejorana, y también con esencias de frutas y frutos secos, especialmente las almendras en Egipto. Tablillas egipcias de arcilla que se han conservado desde el año 3000 a.C., revelan formulaciones especiales para determinados problemas de belleza. La mujer con manchas en el cutis se trataba la cara con una mascarilla de bilis de buey, huevos de avestruz batidos, aceite de oliva, harina, sal marina, resina vegetal y leche fresca.
La que padecía la sequedad y las arrugas propias de la edad avanzada dormía durante seis noches con una mascarilla a base de leche, incienso, cera, aceite de oliva, estiércol de gacela o de cocodrilo, y hojas de enebro molidas.
En el mundo antiguo, se creía que los genitales de los animales jóvenes ofrecían las mejores posibilidades para retrasar el envejecimiento y restablecer el vigor sexual.
Destacaba entre las preparaciones entonces más comunes en el Próximo Oriente una pasta corporal fabricada con partes iguales de falo de buey y vulva de ternera, debidamente secados y molidos.
Entre las numerosas fórmulas cosméticas de la Antigüedad, una de ellas, el colcrén, nos ha llegado a lo largo de los siglos con muy escasa variación.
